Mientras yo me ponía triste, él se reía alegremente y me culpaba de su exilio. Más mal me ponía yo, arrepentida de haber inventado tantos cuentos de piratas con sede en los puertos del mundo.

Vista panorámica de Alejandría
Porque ese hijo que había nutrido su infancia con el fruto de mi imaginación, ahora se estaba yendo a trabajar al Puerto de Alejandría de África; si África, como lo oyen.
“De no creer”, le decía yo; ¿cómo un cuento de la infancia podía perdurar tanto en su imaginario (hasta llevarlo a cruzar de continente)? Y ni siquiera era una buena oportunidad laboral, iría a hacer tareas portuarias, duras y exigidas, y eso que él soñaba con ser pirata.
“Es lo que más se asemeja”, me decía y se largaba a reír como él sólo sabía hacerlo.

Puerto de Alejandría
Decía que estaba feliz con poder irse, que era un pirata en potencia que debía echar su ruedo, que en Alejandría lo esperaría su tesoro, y su espada y su cofre. Creo que me decía todo eso para enfurecerme aunque, en algún punto de su alma, él siempre soñó con emprender su batalla contra el mar.
Y bueno, se fue nomás, en busca de su parche, su garfio y su tesoro, y yo me quedé añorando su vuelta. Nunca supe bien como llevaba la vida allá – debido a que las cartas que me enviaba eran más cuentos fantásticos que una posible realidad-.
Hasta que un día, sin medias tintas, me envió un pasaje con una tarjeta firmada por “el pirata de Alejandría”. Burlarse de mí – claro que cálidamente- era el mejor de sus recreos.
Y hasta África partí, sin saber con que hijo me iría a encontrar. Yo sólo quería verlo sonreír, porque ese era el mejor de los termómetros.
De chico yo le contaba que los puertos africanos tienen una gran importancia histórica, y más el de Alejandría, debido a que fue testigo absoluto de la victoria definitiva de Julio César sobre Pompeyo Al contarle esa anécdota extendida, él abría sus ojos grandes, como queriendo llegar; hasta que llegó.
En Alejandría y el mítico puerto – abastecedor de trigo del Imperio Romano-, me esperaba mi hijo con una sonrisa de oreja a oreja, una buena señal. No me dejó ni siquiera acomodar mi equipaje; me agarró de un brazo y me llevó al puerto.
Se había pedido vacaciones y, sin embargo, quería volver allí.
En este lugar fenomenal, paraíso de los mitómanos –como yo al contar cuentos-se alzaba el Faro de Alejandría y se escondían miles de tesoros jamás encontrados.
Hoy este puerto no luce como cuando desembarcó Julio César, pero su esencia pareciera persistir, aún cuando está atravesada por la basta economía del país que por allí sobrevuela.
Sentados en el puerto, mi hijo me pidió que le contase aquel cuento de la infancia que se desarrollaba en ese marco, en el Puerto de Alejandría.
Creí no recordarlo – porque era un verdadero invento- hasta que las palabras se empezaron a enlazar y los piratas empezaron a ser.

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2 Comentarios en “Los piratas de Alejandría”
¡ Que exquisitez de relato ! . ¡ Bravo !.
gracias.
haiii que bello para pasar unas vacaciones espectaculares jajaja