Definiría a mi novia como una mujer marketinera, es decir, una chica que se mantiene al tanto de las últimas tendencias de todo: ropa, calzado, automóviles, cocina y viajes.

Vista de Altea desde el mar
Y, aunque yo soy un tipo de lo más simple, siempre he tratado de complacer sus gustos, sus ambiciones y sus proyectos, aunque incluyesen vuelos a París que no me interesaba hacer.
Lo cierto es que un par de veces me he puesto a pensar sí aquello que desea consumir ella, es lo que realmente le gusta, o es que acaso lo hace como una forma de pertenencia a una clase, a un sector o a un grupo de gente.
Muchas veces se lo he preguntado y muchas veces hemos discutido por lo mismo. Por eso, hoy día, he tomado la decisión de no abordar ese tema y dedicarme a conservar la esencia de mi personalidad.
Entre tanto, y por mera insistencia de ella, hemos viajado a Disney, al Caribe y a otros sitios que jamás hubiese elegido para transitar una estadía.

Restaurantes en las calles del Casco Antiguo de Altea
Pero ella parecía feliz, viajando a estos destinos algo banales, y yo me contentaba con su felicidad; éramos el agua y el aceite, pero yo la amaba.
Un día me propuse enseñarle, cuál si fuera un maestro de grado, otros destinos de viaje que, aunque poco marketineros, podían agradarle hasta más que sus rincones predilectos.
Un día me propuse llevarla a Altea, un municipio de la Comunidad Valenciana de España que yo solía visitar en tiempos de soltero.
No sé cómo, pero ella aceptó y los dos partimos hacia la provincia de Alicante.
En un momento pensé que su accesibilidad se debía a que ella siempre había estado convencida de que yo vivía para complacerla; no creía que ella hubiese pensado que habíamos llegado a Altea, sólo porque a mi encantaba ese lugar.
Y a mi me encantaba ese lugar porque era turístico y porque, además de ser turístico, era simple, austero y bello. Destinos de playas y actividades culturales para un hombre anticomercial como yo; pero el problema era ella.
Es debido aclarar que Altea no es, ni un destino de compras ni un sitio de sofisticado glamour; se trata de un lugar pintoresco con inmensidad de detalles bonitos.
Por eso la primera tarde se me ocurrió llevarla a dar un paseo marítimo y a conocer los restos de aquel castillo que todavía pueden observarse allí.
Creí entender que ella estaba disfrutando de ese ambiente precioso, aún cuando no me lo decía.
Pero uno de esos días me lo dijo; fue cuando paseábamos por la zona del pueblo antiguo, en el momento en que nos paramos a comer en un restaurante, con mesas a la calle.
Ella me miró y me dijo: “Gracias a vos y a este viaje me empiezo a enamorar de las cosas pequeñas de la vida”.

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2 Comentarios en “Las pequeñas cosas de la vida”
Hola! como estan? les quiero contar que hace un poco me pidieron que realizara un libro en base a un texto de internet… y he elegido el de ustedes! es un trabajo muy poco común ya que tenia condiciones y límites a la hora de diseñar, soy estudiante de diseño gráfico en Paraguay, America del Sur. Por ahi están interesados les puedo enviar el libro vía mail para que lo tengan!
Gracias!
Un saludo desde Py!
Angie:
Nos encantaría conocer tu trabajo, por favor, envíanos una copia a través del formulario de contacto o bien a brenda@smallsquid.com
Un saludo!