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Cantabria

Laredo: Viaje al sentido de la flor

La debilidad de mi mujer
Juan Luis Pérez
08:00h Jueves, 21 de mayo de 2009
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Creo que haber conocido Laredo y hospedarme en uno de los más floridos hoteles en Laredo cambió mi relación con las flores del jardín de mi casa; claro que semejante afirmación, amerita una explicación. Bueno, pasaré a ofrendarla.

Laredo en su máxima expresión

Laredo en su máxima expresión

Los cuatro integrantes de esta familia de apellido Robles, viajábamos en plan de vacaciones por Cantabria. Ya habíamos recorrido otros municipios, y esta vez, según el plan mediante, nos tocaba asentarnos en esta tierra española.

Todos los integrantes de este clan familiar teníamos gustos, netamente opuestos; de ahí venían los choques y las peleas. Yo, por lejos, era el más peleador de todos.

Sucede que no podía entender como, mi mujer, podía pasarse todo un día acariciando la hoja de una planta, o dedicando toda una jornada a arreglar el jardín.


No era que no me gustaran las flores, pero me parecía más higiénico, y menos trabajoso, que el patio tuviera cerámica y uno pudiera baldear y mantener limpio.

Carrozas de flores en la fiesta de la Batalla

Carrozas de flores en la fiesta de la Batalla

Pero a mi mujer, le encantaba hurgar en la tierra con sus guantes, cortar raices y ubicar sus plantines. Tanto me molestaba verla ahí, tirada en el jardín, que había empezado a odiar las flores.

Qué egoísta, ¿no?, no podía entender que esa actividad le generaba placer a mi mujer, la hacía feliz.

En ese viaje a esa tierra mojada por el río Asón, yo me había encargado de advertirle a mi mujer, que esta vez, mis hijos y yo, no estaríamos dispuestos a acompañarla de recorrida por ningún bosque.

Ella se había callado y había aceptado las condiciones aunque, íntimamente, se moría por conocer el extenso arenal de La Salvé y el terreno alomado, en donde empiezan a aparecer los bosquejos más típicos.

Jamás se quejó de los programas que propusimos nosotros tres, los integrantes restantes de la familia; tres egoístas natos.

Sin embargo, en el último desayuno de aquel viaje, ella olvidó un papel en la mesa del hotel. Yo tomé ese trozo de hoja y empecé a leer. Allí se hablaba de eucaliptos, de pinos, de castaños; vegetación dunar que se podía conocer en Laredo.

Por otra parte, se asentaba la fecha de ese día, por la noche, como el día de la Batalla de las Flores. Ella no había dicho absolutamente nada de aquel evento, entonces consulté con mis hijos, y los tres decidimos dejar el egoísmo de lado, y llevarla de sorpresa.

La Batalla de las Flores se celebra el último viernes de agosto y es la fiesta más popular de Laredo.

Las carrozas desfilan vestidas de flores – margaritas, crisantemos, dalias, claveles y clavelotes- y el día alcanza su culminación en la noche mágica, con una gran catarata de fuegos artificiales.

Hasta allí llegamos, tapándole los ojos, y descubriéndoselos con el arribo de la primera carroza, colmada de flores. Ella nos abrazó y sonrió; allí supe que nunca más iba a querer cemento en mi jardín, sino una gran cantidad de flores de colores.

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