La sencilla cocina de Tenerife
Como yo era tan sedentaria y ellos tan viajeros, les pedí a Matu y a Susy que me redactaran una carta de recomendación para viajar a Tenerife.

Las playas de Tenerife
Una guía completa sobre lugares que no debía dejar de visitar, sobre sitios en los cuales no debía perder el tiempo, cuáles eran los mejores hoteles en Tenerife, en fin, un señuelo para movilizarme, disfrutando de lo mejor de la isla canaria.
Lo único que me dijeron es que no abriera el sobre antes de llegar a destino. Eran buenos amigos, así que les hice caso; además no quería romper aquella pizca de encanto que ellos le otorgaban a mi luna de sal (no digo luna de miel porque no me gusta andar pegoteada con nadie, más bien salada y libre).
La mayor ciudad de la isla es Santa Cruz de Tenerife, por eso elegí ese punto para hospedarme porque, a diferencia de Susy y Matu, a mí me gusta parar en lugares bien poblados y, a partir de allí, largarme a conquistar otros terrenos.

Papas arrugadas con mojo
Mirando el bonito paisaje que se levantaba sobre el espejo de mi dormitorio, abrí el papel oficio doblado en ocho pedazos. Para mi sorpresa encontré recomendaciones gastronómicas, solamente; ni escalas geográficas, ni paisajes imperdibles, ni balnearios excepcionales, sólo reglas culinarias – así estaba expresado- que tenía prohibido evadir.
No hice más que echarme a reír, no sabía si de alegría o de nervios. Confiaba tanto en sus indicaciones que ni siquiera había averiguado una excursión, ni un destino, ni nada. Y en ese papel sólo se hablaba de comida.
Tomé el teléfono y los llamé. Ellos esperaban esa comunicación. Me hicieron prometer que seguiría esas indicaciones, que los sabores me llevarían a la tierra, que los olores me contactarían con el mar; que conocería a la gente más bonita, y que probaría los mejores rincones sin necesidad de preguntar.
Y así fue: la combinación de pescados y mariscos me condujo al puerto y a la costa; sólo morder ese camarón para encontrarme frente al mar con mi pareo floreado.
Sólo comer aquel guiso para encontrarme frente a los resabios de la cultura africana, que influenció esta ciudad durante siglos.
Frente a las exquisitas papas arrugadas, sentada en aquel mesón recomendado, empecé a caminar por las calles coloridas de la isla; cuánta razón tenían ellos. Ni hablar del mojo y su relación con la alegría ciudadana.
La simpleza es la base de esta comida. Sólo basta con probar un atún para ya quedar satisfecho y contento, con ganas de pasear al calor del sol y la luna.
La última recomendación sugería comer un trozo de queso de cabra, comprado en una tienda tradicional y pedir un deseo.
Según la hoja ese deseo me llevaría a un lugar soñado. Así fue y no podré contar adonde llegué, pues eso era lo último que, con trazo grueso, se subrayaba en ese papel.
