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La nostalgia de Ávila

Un paseo por una ciudad de piedra y gris
Juan Luis Pérez
08:00h Lunes, 30 de marzo de 2009
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Como arquitecta que soy tengo la manía – no sé si es tan común- de ir reformando en mi cabeza los paisajes, los edificios y las ciudades que visito.

Vista panorámica de Ávila

Vista panorámica de Ávila

Me olvido del valor cultural que tienen y los pienso como infraestructura, como construcción, sin simbología, que resposa en un sitio. Los abstraigo de su propio contexto e imagino cómo lucirían mejor. Per lo mismo me pasa con los hoteles en Ávila.

Y cuando digo esto último, no me refiero a parámetros de belleza universales, sino a lo que yo puedo considerar gustoso e interesante.


Siempre quise conocer la ciudad de Ávila, un lugar que, en fotos y ante mis ojos, se levantaba como un terreno de piedra. Si bien soy una amante de la historia, cuando trabajo con mi imaginario artístico, me propongo desnudar los paisajes, y me echo a crear.

Las murallas de Ávila

Las murallas de Ávila

Les decía que siempre quise conocer Ávila por la historia de esa ciudad, colmada de proezas militares, honda religiosidad y afanes místicos, reflejados, puramente, en el alma de su arquitectura.

Me preguntaba cómo hacer para cambiar esa aura gris, melancólica, nostálgica defensiva, aguerrida; ¿habría forma?

Tal como lo habían sugerido las fotos, era la ciudad; de piedra y gris. Calles angostas, casas de alto con balcones precarios, tejas anaranjadas y todas las terminaciones en punta, tal como lo sugiere el arte románico.

Para lograr mi cometido de llegar a Ávila, debí trasladarme al noroeste de Madrid y, desde ahí, seguir el señuelo de la Sierra de Gredos, para terminar aterrizando en alguno de sus valles: el Valle del Tormes, el del Alberche o el de Tiétar.

A primera vista, esta ciudad podría llamarse honesta, puesto que se desnuda ante los ojos del visitante. Uno puede saber que los pueblos conservan sus valores tradicionales – marcados a fuego en la fachada de sus casas- y que hay casi más iglesias románicas, catedrales góticas y restos de castillos, que gente paseando por la ciudad.

El resultado es simple; se trata de un pueblo, con achaques, que desiste de abandonar su historia pasada, en pos de construir una nueva historia, más contemporánea.

Yo no digo que esté ni mal ni bien, tal cual sucede con la gente que prefiere seguir viviendo en la casa de su familia – resquebrajada, venida a bajo- aún cuando no tiene dinero para evitar su caída, en vez de vender el inmueble a buen precio – por su espacio y ubicación- y comprarse una vivienda más nueva. Son gustos y decisiones.

Acá en Ávila parece ser que la decisión fue conservar – de modo lúdico- los resabios de las batallas ganadas y perdidas, y el recuerdo de los que levantaron la ciudad.

Las murallas son otra característica arquitectónica que distingue al lugar. La ciudad, a propósito, fue edificada sobre una colina, a orillas del Adaja y amurallada desde que las civilizaciones ibéricas habitaban esa tierra.

Le pregunto a mi imaginación cómo hacer para sosegar tanta nostalgia; tal vez unos colores por encima del gris de sus piedras, tal vez una pintura a sus tejas o tal vez no sepa qué decir.

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