Yo lo respetaba a Alberto, que había mirado más de sesenta veces la saga de “El Padrino”, y también a Sergio, con su colección de cuchillos; pero ellos no hacían lo mismo conmigo. Sólo en uno de los vuelos a Londres, podría llegar a conocer en profundidad lo que tanto admiraba…

Rincones musicales de Liverpool
No podían comprender como me seguía emocionando con “Let it be”, después de haberla escuchado miles y miles de veces. Y si bien, en muchas ocasiones, utilicé la palabra “himno” para intentar explicarles algo; no sirvió.
Yo respetaba el idioma del alma de los demás, aquel que nos lleva a valorizar, de un modo especial y bello, algo que nos da placer, que tiene que ver con nuestra historia, que despierta nuestros sentidos y nos hace vibrar.
Imagínense como soy de respetuoso que hasta le compré su primer disco de los Rolling a mi hijo de diecisiete años. Yo, un seguidor acérrimo de Los Beatles, comprando discografía Stone.
Mi familia se enojaba con mis reiterados encierros, a la luz de una lámpara pequeña, en los que sólo había lugar para un disco de pasta, sonando bajito.

Liverpool, la cuna beatle
Sin embargo, para mi cumpleaños de cincuenta, demostraron que realmente respetaban mi sentimiento y me regalaron un viaje a Liverpool, la cuna beatle.
Un viaje sólo para mí; ellos creían que yo debía recorrer ese suelo en soledad, transitando mi emoción, según los tiempos que me dictara mi corazón. Y hasta allá me fui.
Resulta imposible describir el sentimiento de este hombre, yo, caminado las calles de John, Paul, Ringo y George. Sí hasta creía escucharlos, reunidos alrededor de una mesa, conversando en un mítico bar.
De hecho me parecía que todos los ciudadanos de Liverpool cargaban el simbolismo beatle en sus voces, en sus fachas, en su andar y en su expresión.
El espíritu del rock and pop beat camina por esas calles, todavía, aún.
Esta ciudad inglesa de clima mediterráneo me regalaba la posibilidad de sentarme en La Caverna -a tomar un “pint”-, la cuna de la fama de ese gran grupo que había sabido penetrar en mi alma.
Caminar la calle de Penny Lane y encontrar que la barbería y el banco – que nombra la canción- existen, están ahí.
Animarme a buscar el jardín, que signó la vida de Lennon, y que fuera mencionado en el tema Strawberry Fields, y encontrarme con un cuadrilátero nostálgico, a pocas cuadras de su casa.
Volver, una y otra vez, a Mathew Street, para sentarme en cada uno de sus pubs y revivir la beatlemanía que algún día se vivió allí. Ingresar al museo de la banda y ponerme a llorar. Visitar la casa de su primer manager y sentirme conmovido.
Y, aunque jamás cerraré mi historia de romance eterno con su música, considero que pude cerrar un capítulo. En mi cuaderno de viaje escribí: “No imagino otra vida sin la ayuda que me aporta la melodía, dejala ser”. Fin

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