Nuestro matrimonio siempre había congeniado bien porque ambos, mi marido y yo, hacíamos las cosas sin prisa.

La zona costera de Santander
Sí pintábamos la casa, no nos íbamos de vacaciones. Sí teníamos que festejarle un cumpleaños a alguna de nuestras hijas, dejábamos el viaje y los hoteles en Santander para otro tiempo, y así.
Yo siempre había soñado con viajar a España, conocer ciertas partes, ciertas regiones. No obstante, siempre dejábamos ese viaje para un después. Siempre aparecía algo que nos parecía más urgente.
Hasta que a mi me pasó lo que me pasó; yo me enfermé y ahí ambos nos dimos cuenta que habíamos postergado un sueño que no sabíamos si, finalmente, podríamos cumplir.
Tanta pintura para la casa, tanta reforma, tanto ahorro para cambiar el auto y ningún viaje a España.

Una postal de la Catedral de Santander
Pues entonces, cuando mi situación se estabilizó, cuando me operé y superé el postoperatorio, mi marido me encaró y me dijo: ¿Adónde querés ir? Confieso que su actitud me descolocó, jamás había sido tan impulsivo.
Algo había cambiado para nosotros, la vida nos había dado un aviso, nos había invitado a disfrutar.
“A España”, le dije. Y, a partir de ahí, con colaboración de hijos, hermanos y amigos empezamos a delinear un viaje soñado, que nos llevó a recorrer varios sitios de ese país.
Sin embargo, utilizaré este espacio para hablar de nuestra fabulosa estadía en Santander, “la más noble, leal, decidida, benéfica y excelentísima” de las ciudades.
Hasta ese momento, no habíamos querido abrir las cartas que nuestras hijas nos habían entregado en la terminal. Pero, cuando viajábamos para esta tierra de Cantabria, mi marido me propuso hacerlo.
Por eso es que esta instancia del viaje empezó siendo más linda que el resto, porque estuvimos acompañados por el calor de nuestras hijas.
El médico nos había recomendado este municipio porque, a causa de mi cuadro, yo no podía exponerme a sitios con demasiado calor y, en Santander, los veranos son frescos, las temperaturas son suaves y cae bastante lluvia.
Lo primero que me gustó de Santander fue su conglomerado de pueblecillos que, a simple vista, nos obsequiaba el más noble de los paisajes.
Recuerdo nuestro paseo por el barrio La Pereda, en silencio, disfrutando del sonido del viento que se amplificaba.
Recuerdo también que caminamos y caminamos y no nos cansamos de caminar. Recuerdo que entramos a la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción; que conocimos el Museo Regional de Arqueología de Cantabria; que paseamos por todos los paseos, por todas las avenidas y por todas las playas.
Recuerdo que en el Paseo de Pereda, en ese antiguo muelle con vista a la Bahía y a dos pueblos, tomando un exquisito café, supimos que había valido la pena.

Añadir a Del.Icio.Us



Comentarios de “Escala en Santander”
Aun no se han realizado comentarios.