Escala en las fiestas de Cantabria
Y yo que me preocupaba por él, y el sabía manejarse mejor que yo. Y no es que lo haya subestimado, pero estaba grande, un poco sordo y distraído, era mi abuelo y yo quería cuidarlo. Se lo había prometido hacía mucho tiempo, pero mis compromisos laborales no me daban respiro.

Cordillera Cantábrica
Pero un día él fue hasta mi casa y me tocó el timbre. Yo espié por la ventanita – siempre hago eso porque ando tan ocupada que sí es alguien que no quiero atender, me hago la que no estoy – y lo vi parado con su gorra, secándose la transpiración con un pañuelo impecablemente doblado, y sentí culpa. Le abrí la puerta y me dijo: “¿Qué haces nena? ¿Estás ocupada? ¿Puedo hablar un momento contigo? A decir verdad, estaba muy ocupada, pero cómo me iba a negar a su pedido.
Calenté la pava y él se encargó de la preparación del mate; tarea que toma cual si fuera una misa: el mate a medio llenar, un poco de agua tibia vertida en uno de sus costados, y cuando la pava ya empieza a chiflar, una pizca de azúcar, el mate ya lleno, una batida suave, y tienes, ante tu boca, el mate más rico que se puede tomar; es el mate que prepara mi abuelo. Ese que yo tomaba de chica a escondidas de mi madre.
Nos sentamos debajo de la parra de mi casa, y sin rodeos me planteó: “A mi me gustaría besar mi tierra antes de morirme, y ya no me queda mucho”. Acto seguido me planteó que él sabía de mis actividades, pero yo era su única aliada para realizar el viaje a Cantabria. Ni mi madre, ni mi tío, ni mi hermano, ni mi prima querían que él viajara. Creían que no estaba en condiciones de hacerlo, tenían miedo. Pero nadie pensaba que ese era su deseo, el deseo que lo desvelaba desde el minuto en que llegó a esta tierra, que no era la suya. Toda una vida trabajando para volver y nadie lo quería llevar.
Entonces tomé mi agenda y empecé a cancelar compromisos. Días enteros estuve dando explicaciones falsas para poder evadir reuniones, trabajos, encuentros y viajes. Yo era la última carta que mi abuelo se jugaba para regresar a su casa, a su hogar.

Fiesta popular en Cantabria
Esa tierra que llorando lo había visto partir a sus veinte años. Toda la vida me había conmovido el relato de su partida, los recuerdos de su madre alzando un pañuelo blanco para despedirlo, de su pueblo cálido, de sus amigos, de esa sidra de manzana que tanto añoraba, y de esa comida que no nunca más pudo degustar.
Si hasta que no apareció Patricio no hubo pescadero que lo conformara; él quería comer cabracho, besugo y salmonete, pero nunca tenían el gusto de allá. Él buscaba seguir con sus recuerdos en el paladar y esta tierra nunca lo ayudó. Por eso quería volver, antes de olvidar esos gustos, esos olores, esas caras. Y me lo pidió. Por eso aquel día, debajo de la parra de mi casa y luego de tomar un mate delicioso, lo miré y le dije que iríamos juntos. Él sonrió, se sacó su gorra- en un acto de caballerismo- y me abrazó.
Yo sabía donde estaba situada Cantabria porque siempre lo había escuchado, y siempre me había preocupado por mantener su recuerdo; sí en algún momento él llegaba a no recordar, yo debía ser su apunte. No me lo había pedido, pero yo quería hacerlo.
Sabía entonces que estaba situada al norte de España, en una extensión que abarca desde la Cordillera Cantábrica hasta las aguas del mar.
Lo cierto que él, además de querer volver a toda costa, quería hacerlo en una fecha particular; él quería presenciar las fiestas locales, entonces para esa época estábamos viajando hacia allá.
Y yo empecé este relato diciendo que yo me preocupaba y él se manejaba mejor que yo, porque cuando llegamos al aeropuerto de Santander (una de las principales provincias de Cantabria) yo miraba con cuatro ojos para que no se perdiera. Pero en un momento se perdió y yo, desesperada, empecé a preguntar por todos lados diciendo: “Disculpe no vio a un señor mayor, de camisa rayada, chaleco de lana y gorra…” Y nadie me daba una respuesta. Hasta que una mujer muy amable me indicó: “Señorita no será ese que está allá”. De pronto vi que mi abuelo ya había pasado la zona de llegada, y se encontraba conversando con el hombre que nos estaba esperando. Ahí comprendí que no debía preocuparme, mi abuelo estaba en su casa, conocía el lugar e iría a ser mi guía.

Festejos típicos de Cantabria
Me asustaba que no fuéramos a encontrar todo lo que mi abuelo esperaba, pero su sonrisa, que siempre había sido tan franca, me quitaba los miedos.
Íbamos en un auto, camino al pueblo, y mi abuelo hizo parar al chofer en un boliche. Allí pidió una copa de sidra de manzana y la tomó de un solo sorbo. Verlo así, tan vital y contento, me emocionó. Nos invitó a sentarnos, a mí y al chofer del taxi, y pidió tres platos diferentes: un cocido montañés, una porción de salmonete y otra de besugo; esos dos pescados que tanto había buscado en casa y nunca había hallado. De postre hubo cojones del anticristo, una delicia bien parecida a los típicos crepes.
Debíamos llegar a su pueblo en Castro Urdiales, y sabía que lo iba a reconocer. Había escuchado tantas veces las historias de mi abuelo que supe que estábamos llegando.
No era una metáfora aquello que me había dicho debajo de la parra; él llegó y besó su tierra, literalmente. Se arrodilló frente a un árbol, que dijo haber trepado durante su infancia, y besó esa tierra curtida por el trabajo humano.
De pronto el pueblo se fue enterando de la llegada de mi abuelo -tras setenta años de ausencia- y ese beso fue devuelto en cuotas superiores. No pude dejar de llorar ni un momento. Ese abuelo que, últimamente, casi ni se apartaba de su cama, ahora podía caminar por el Parque Natural Saja-Besaya; y pasear con sus amigos de la adolescencia por el Pantano del Ebro (refugio nacional de aves acuáticas) .Y andar por el camino de Santiago de Cantabria, con esa hermana con la que debía contarse toda una vida de distancia.
Pero lo que más me impactó fue verlo auspiciando las rondas de baile en cada una de las fiestas locales a las que asistió. Mi abuelo que, a tientas caminaba para ir a comprar el pescado a lo de Patricio, ahora bailaba a ritmo en “El Coso Blanco”, la fiesta más típica de su pueblo.
Y tanta fue la energía que desplegó en esa reunión fantástica, que quiso seguir recorriendo las fiestas locales con sus amigos. Yo, esta vez, no los acompañe. Ellos, los cuatro, debían vivir a solas lo que antes no había podido ser. Durante esos días asistieron a la fiesta de “La Folia” en San Vicente de la Barquera, celebraron el día de Cantabria, viajaron hasta Laredo para “La Batalla de las Flores”, y se hicieron presentes en Los Corrales de Buelna para “Las Guerras Cantabrias”. Mi abuelo tenía veinte años y asistía a las fiestas de su tierra, como si setenta años no habrían transitado su cuerpo.
Él no sólo había podido besar su tierra (al igual que yo), sino que la había bailado, cantado, comido y tomado. Él ya podía morir tranquilo, y yo ya podía estar en paz.
