Toddy estaciona su vehículo en un estacionamiento del ala jujeña. Es nuestro coordinador, el lugareño que va a guiar nuestro grupo. La intención de todos es gastar billete, en productos de calidad, a bajo costo, también por eso habíamos adquirido los vuelos baratos.

Los coyas pasando la frontera
En el cruce de frontera las colas son largas y sinuosas. Los coyas se amontonan en busca de un paso que los devuelva a su tierra, o los lleve al país vecino.
Los visitantes pasan; sí, caminamos sin pedir permiso, sin ser revisados, sin ser advertidos, pasamos de un país a otro como si nada; decimos buenas tardes o buenos días (según corresponda) y pasamos. No es que me guste que así sea pero, pareciera ser que las reglas son así.
Pareciera ser que no es necesario que mostremos nuestras identificaciones. Aquí., para nosotros, pasar significa hacer un paso, dos, tres, e ingresar en Villazón Bolivia.

Turistas de compras de Villazón
Los negocios comienzan a aparecer. Son construcciones humildes, de cuatro paredes, correspondientes a diferentes rubros de expendio: indumentaria, electrodomésticos, calzado, tabaco, artículos de bazar o marroquinería.
Los atienden familias enteras; sus miembros se encuentran sentados, conversando entre ellos, sin desesperarse por venderle al turista, a nosotros, a mí.
Parsimonia es lo que muestran a la hora de concretar una venta, tardan, piensan, y ponen precios según el interesado en cuestión.
Nadie, a excepción de ellos, podrá saber cuál es el criterio utilizado para costear la mercadería, qué rasgos de un tentativo comprador hacen que ese pulóver de lana de llama le salga a tal interesado un precio, y a otro, otro.
Toddy nos avisa de la existencia de una pasadora que, en caso de comprar elementos de magnitud (en relación al tamaño), se encargará de moverlos.
Las pasadoras son mujeres, a las cuales se les paga poco y nada, en resarcimiento por el pasaje de objetos grandes, de una frontera a la otra.
A esa mujer, Toddy la conoce, sabe que es confiable, que no hurta la mercadería, y que efectúa la odisea a través de un río seco.
Las cholas se ofuscan, los flashes de las cámaras fotográficas las enojan, maldicen a los gringos, o sea a nosotros, y voltean sus rostros.
Revuelven sus ollas, con el mismo empeño durante horas; hace calor, hay vaho, la comida pica, pero igual se vende.
Conversan en español y, sólo utilizan el aymara, para hablar mal de los gringos.
Toddy encomienda un camino que sólo alcanza una dimensión de cuatro cuadras, el calor es sofocante, el olor también.
Pasando la estación de colectivo, bordeando la vía del tren y, doblando hacía la izquierda, se empotra una feria, ya sin negocios de material, sino con puestos a la calle.
Me desespera la división social que allí se dibuja. Me quedo sentada, con ganas de escapar, no lo veo a Toddy, estoy molesta, me quiero ir.

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4 Comentarios en “De compras en Villazón”
hola que tal? muy buen relato!!! soy de mar del plata y en junio por para el norte, y queria saber que precios se pueden encontrar en villazon? y si vale la pena ir de compras? es peligroso? desde ya muchas gracias, saludo cordialmente, leandro.
hola mira a finde mes pienso viajar a villazon de compras quiero comprar como para abrir un negocio en int de santa fe 4 o5 mil prendas sabes como se las puede traer o enviar desde la quiaca sin que te jodan y lleguen a santa fe ..rosario..rafaela o parecido ,,,,graciasss
hola estare en julio, vale la pena los precios para comprar ropa”?
Walther:
Pues la verdad que no tenemos conocimiento cabal de cómo funciona el comercio a gran escala en Villazón; en nuestro artículo hemos mostrado que allí se hacen buenas compras pero no hemos investigado acerca de la posibilidad que tú nos consultas.
Sin embargo podrías obtener algo de información si te comunicas con las autoridades del lugar: http://www.villazonbolivia.com/