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Dinamarca

Copenhague y el reflejo de una filosofía

La costumbre de hacerse amigo
Daniela Escribano
08:00h Sábado, 26 de septiembre de 2009
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Siempre me habían criticado, pues en mi esencia figuraba la idea de querer tener muchos amigos. Algunos me llamaban Roberto Carlos, en alusión al cantante melódico que interpreta el tema “Un millón de amigos”.

Vista aérea de la ciudad de Copenhague

Vista aérea de la ciudad de Copenhague

Claro que los críticos eran mis amigos de toda la vida, a los que no les gustaba que yo fuera por la vida involucrándome en otras historias amistosas en cualquiera de los hoteles de Copenahue donde nos alojamos.

Nunca pudieron entender que no los abandonaría, pero que a mi me gustaba abrirme al mundo, conocer gente, tener muchos amigos.

Ellos eran muy cerrados, se relacionaban con ellos y con nadie más. Y a mí, en cambio, me gustaba estar con ellos y con tantos otros más.


En ese camino sumé muchos amigos, pero también perdí tantos otros que no se bancaron compartirme. En esos momentos me consolé pensando que no deberían ser tan amigos entonces.

Los encantos de la capital dinamarquesa

Los encantos de la capital dinamarquesa

Pero yo seguí siempre firme con mi elección de vida, integrando grupos itinerantes, compartiendo veladas de todo tipo y entablando relaciones sólidas.

Con uno de los grupos con el que me empecé a contactar, también comencé a viajar. Ellos, como yo, creían en las relaciones sociales y humanas, y apostaban al encuentro, por eso viajaban, conocían y se contactaban.

Viajamos a muchos sitios del mundo, nos enganchamos con múltiples culturas y yo, particularmente, estoy en condiciones de afirmar que me hice de muchos amigos que se encuentran en distintas partes del mundo.

No obstante, uno de los viajes que más ha quedado latiendo en mi memoria fue aquel que realizamos a Copenhague. Al principio había decidido no ir; prejuicios equivocados me habían llevado a pensar en los dinamarqueses como gente fría y poco sociable.

Pero luego, quien sabe porqué, me acoplé a ese viaje que nos llevaría a conocer la capital de Dinamarca, y que me llevaría a comprobar lo inadmisible de aquel pensamiento estúpido.

No tuvo que pasar demasiado tiempo para que la magia de esa ciudad limpia y organizada encantara mi cuerpo y mi alma; en cada rincón los detalles se agigantaban convirtiéndose en grandes maravillas.

Al igual que la gente; maravillosa gente es la de Copenhague, más que sociable, más que amigable y más que divertida.

Como nos pasaba en la mayor parte de los viajes, pasados pocos días de llegar a destino, cada uno de nosotros se hacía de nuevos amigos y el grupo original se disipaba, se agigantaba y cambiaba.

Yo conocí a unos dinamarqueses dos días después de mí llegada a Copenhague. Como siempre que llego a un lugar nuevo, y no quiero pasar desapercibido, me vestí con colores estridentes.

Claro estaba que no era de allí, ya que todos los residentes utilizan ropa oscura para vestirse.

Bastó una conversación tendida en el viejo fuerte del puerto – donde está la estatua de La Sirenita- para que iniciáramos una relación de amistad que todavía aún hoy perdura.

Copenhague me lleva a ellos, unos buenos amigos que se sumaron a mi colección.

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