Nunca pude creer en la amistad entre el hombre y la mujer porque la conocí a ella cuando tenía tres años y hoy nos encontrábamos en uno de los más románticos hoteles en Brujas. Vivía en la misma cuadra de mi casa; vivíamos a una casa de por medio.

El casco histórico de la ciudad de Brujas
Ella tenía un año menos que yo y era (es) rubia, de pelo rizado y ojos color miel, una belleza de persona.
Y no sólo me refiero a su belleza física, sino también a sus encantos espirituales, encantos que descubrí en los veinte años de amistad que compartimos.
Como lo oyen: yo la amé desde que tenía tres años y sólo pude conformarme con ser su amigo, su mejor amigo. En algún punto terminé creyendo que nunca iba a pasar nada entre los dos, hasta que planeé aquel viaje que me hubiese gustado inmortalizar.

Puro romanticismo en "La Venecia del Norte"
Nunca dejamos de vernos, nunca dejamos de llamarnos y siempre compartimos todo; aún cuando íbamos a distintos colegios, aún cuando habíamos transitando distintos noviazgos.
Seguramente ella se había enamorado de algunos de esos pretendientes, pero yo nunca, jamás; quise, pero no amé, como ella, nadie.
Sin embargo, nunca tuve el coraje de decírselo. Mis amigos que, con los años se habían hecho amigos de ella, lo sabían. Sus amigas que, con el tiempo, se habían hecho amigas mías, también. Pero ella parecía no darse cuenta.
En un momento sentí que tanto amor no cabría más en mi cuerpo, que sí no se lo decía iba a explotar y, entonces, la invité a viajar. No era nada extraño, nos habíamos ido infinidad de veces de vacaciones, aunque nunca tan solos.
Creía haber elegido un destino ideal para declararle mi amor. Ese destino era Brujas, “la Venecia del Norte”, uno de los rincones más románticos de la tierra.
Ella poco sabía de Brujas y, como siempre, pareció no darse cuenta de mis intenciones. La pasé a buscar y ella salió de su casa, hermosa como siempre, cargando su bolso de Mery Poppins.
Tomamos un vuelo a Bruselas. Al llegar a la capital de Bélgica, viajaríamos una hora en tren y llegaríamos bien pronto a Brujas, las ciudad que había elegido para decirle todo lo que había reprimido durante años.
Dudé, claro que dudé. La duda se me presentó cuando ella empezó a reírse al ver tantos carruajes con parejas de enamorados y tantos botes trasladando novios. Me dijo: “Nos equivocamos de destino, esto está lleno de novietes”.
Mi estómago se transformó en nudo pero, como había prometido no flanquear, decidí continuar. Descarté el carruaje y el bote y le propuse conocer la ciudad en bicicleta.
Así pues, a bordo de esos rodados, conocimos el casco histórico, nos hicimos eco de su pasado como puerto comercial y contemplamos el agua y los cisnes.
Una noche, la última debo decir, mientras caminábamos rumbo al hotel, por aquella calle de adoquines, le dije que la amaba; la besé y ella me dejó. Fui feliz, aún cuando sólo haya sido ese el único cuento de amor entres los dos.

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2 Comentarios en “Brujas y un solo cuento de amor”
Se ve que es un bella ciudad
Pues sí que lo es, no por nada le llaman la Venecia del Norte.