“En casa de herrero, cuchillo de palo”, frase popular si las hay. Y, como popular, real. En casa de empanadero, no se comen empanadas. En casa de actores, no hay televisión.

Entorno costero en Alcudia
Mi casa, por ejemplo, es también un sitio que se sirve, en bandeja, para esta causa. Sólo me basta con decir que soy agente de turismo y no viajo siquiera utilizando esas ofertas de vuelos baratos que conozco antes que nadie.
Sí, como lo oyen, me he trasladado algunas pocas veces a ciertas partes del mundo, pero siempre preferí mi casa; no hay nada como la casa de uno.
No obstante, mis colegas no ven, con muy buenos ojos, que yo promocione sitios en los que nunca he estado, ni que recomiende algo, en desmedro de otro algo, si nunca he probado ninguno de los dos algos.
Lo cierto es que, con los años de oficio, uno se va convenciendo de ciertas cosas; por ejemplo, a veces me descubro, creyéndome que estuve en tal plaza, hablando con una autoridad que no debería explayar.

La arquitectura de Alcudia
Pero un día, mi mujer me dio un ultimátum; era yo el que prefería quedarme en mi casa, en mis tiempos de vacaciones. Ella siempre hubiese soñado con viajar, pero siempre se había acoplado a mis decisiones.
Me pidió que dejara de ser egoísta y que, en consecuencia, nos embarquemos en un viaje juntos; solamente me entregó el beneficio de elegir el lugar.
Ahí me encontré con una gran disyuntiva. Empecé a pensar cuáles de esos destinos, que yo promocionaba hacía tantos años, soñaba conocer.
Ningún punto geográfico se me venía a la cabeza, hasta que recordé que existía un destino que a mi me gustaba mucho vender, un sitio al que le ponía más énfasis que a otros.
Me acordé de Alcudia, un municipio de las Islas Baleares y se lo propuse a mi mujer. Ella se sorprendió, tal vez hubiese preferido viajar a un destino más tradicional.
Nos estábamos yendo al aeropuerto y ya me estaba olvidando las anotaciones de mi cuaderno, aquellos consejos de otros viajeros que utilizaba para recomendar los lugares.
Los actores irían a cambiar y, esta vez, me servirían a mí. Iría a comprobar que tan bueno era aquel hotel que yo postulaba como “exquisito”, o aquel restaurante que yo llamaba “estupendo”, y más.
Nos alojamos cerca de la playa Cala Poncet, una de mis más recomendadas. Una pequeña cala con gusto a mar; pequeña, íntima, ideal para caminarse entre las piedras.
Mi esposa estaba fascinada, y yo, a decir verdad, también. Esas hamacas que yo tanto había mencionado, ahora se balanceaban al ritmo de mi cuerpo.
Tuve que aceptar que era una sensación bien parecida, o mejor, a la que sentía en la hamaca del árbol de mi casa.
Ese pino, el árbol más mediterráneo, me hacía acordar mucho al entorno de mi hogar y me dada paz. Por fin conocía lo que creía conocer en teoría.

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