Burgos, apoteosis del Gótico Europeo
Por María Clara Fuerte, el 21 de Marzo de 2008
Me enamoré de las estrellas de luz y de los tréboles de cuatro hojas. Silenciosa, continué apretando el botón de la cámara, intentando captar en mi cajita de crear postales y recuerdos lo que sentía.
Pero veamos como inició todo esto.
A finales del siglo XII, la arquitectura comienza a transformarse como fruto del desarrollo de las poblaciones hacia una sociedad más abierta, del crecimiento de las ciudades, del progreso del comercio y de la industria, de la mejoría de las comunicaciones, del nacimiento de la clase media. El austero románico deja paso al gótico, mucho más estilizado. El pueblo deseaba mostrar su amor a Dios ofreciéndole iglesias decoradas, esbeltas. El hombre quería acercarse a Dios. Los constructores de catedrales no dudaron en buscar el más difícil todavía. Los campanarios comenzaron a crecer y crecer. En toda Europa, las agujas rozaron el cielo. Como símbolo de todas las catedrales góticas, la UNESCO eligió como Patrimonio de la Humanidad tres muy peculiares: las de Chartres y Amiens, en Francia, y la de Burgos, en España.
Dos horas hacen falta para visitar detalladamente la Catedral de Burgos. Iniciaron su construcción, en el año 1221, el rey Fernando III el Santo y el Obispo Don Mauricio, y fue consagrada en 1260. Después fue ampliada y embellecida con un grandioso claustro y numerosas capillas, entre las que destacan la de los Condestables (siglo XV) y la de Santa Tecla (siglo XVIII), el cimborrio del crucero (siglo XVI) y las esbeltas agujas de la fachada principal (siglo XV), obra de Hans de Colonia, creador a su vez de la catedral de la ciudad alemana del mismo nombre. Espléndida la cúpula, a cincuenta metros del suelo y con influencias del plateresco. Juan de Vallejo la realizó, junto con el cimborrio, en el siglo XVI. El templo tiene elementos que muestran la influencia francesa, pero posee una idiosincrasia propia. Su gran encanto nace de su estilo “personal”. El coro, por ejemplo, con su elegante sillería de madera, es completamente original, pues está situado antes del crucero.


por la paciencia de los cartujanos que oraban en La Cartuja (La Certosa di Pavia, en italiano), pero nada tiene que envidiar dicha paciencia a la de una madre en viaje. Digo también, porque sería injusto no decirlo, que la misma satisfacción que debían probar los monjes viendo los colores y la tinta de las letras dibujadas con calma en las páginas a veces pequeñísimas de lo que serían libros, siente una madre observando que con el tiempo su casa está habitada de personajillos capaces de compartir y de pensar con la cabeza. No niego que viajar con niños es poco fácil, pero abre la mente de los futuros hombres y mujeres y ayuda enormemente a los que ya lo son a organizarse y preveer posibles poblemas, teniendo la solución metida y ya preparada en una bolsa, como los magos con su sombrero. Simplemente los viajes son diferentes. No consigues leer las explicaciones de los museos porque hay siempre alguien que te tira de la falda (o del pantalón), no puedes seguir el guía si no es de lejos porque tu enanito se ha sentido atraído por algo completamente distinto de lo que están observando los adultos, tu cerebro registra lo que ve pero sólo parcialmente porque una parte de él está pendiente de los movimientos del pequeño ser que está creciendo y en darle la justa visión del mundo allá donde uno se encuentre…








