Sevilla, la española
Por María Clara Fuerte, el 6 de Abril de 2008
Sevilla, Sevilla. Qué se puede contar de una ciudad que uno ha descubierto a diecisiete años junto con las personas con las que ha compartido hora tras hora once años de estudios, de recreos, de enfados y pacificaciones, de crecimiento espiritual y físico-personal. A una edad en la que la palabra amistad lo puede todo y uno está convencido que será así toda la vida. En que la risa es el pan de cada día y el pan de cada día no tiene sentido si no es compartido. Convencido de que un mundo mejor es posible. Sevilla es una ciudad en la que es improbable perderse porque la Giralda te recuerda siempre donde tienes que volver. Estés donde estés tienes un punto de referencia firme, como las creencias juveniles, que raramente son grises, sino blancas o negras.
Sevilla es la sana alegría de vivir.
Sevilla es el sol resplandeciente de la hora del aperitivo, el clarísimo color del vino llamado manzanilla cuyo efecto nada tiene que ver con la infusión del mismo nombre, el piropo interminable de los poetas callejeros que conducen los coches de caballos en el Parque María Luisa.
Sólo el Parque es ya uno de los tesoros de España, con el estanque de los Lotos inspirado en el patio de la Sultana del Generalife, el estanque de los Patos, el estanque y fuente de
las Ranas con sus cerámicas azules y finos surtidores que recuerdan la Alhambra, la fuente de los Leones y sus dibujos cerámicos, la glorieta de la Infanta Maria Luisa y su pérgola de ladrillo con bancos, la glorieta de Bécquer que a todas nos recordó los apenas estudiados románticos versos del poeta, la glorieta de los Hermanos Alvarez Quintero y su particular decoración de azulejería, la fuente de los Toreros con sus bancos de azulejos que representan escenas taurinas y tipos costumbristas, la glorieta de Cervantes cuyos bancos de ladrillo sostienen las escenas del Quijote diseñadas en la cerámica…y un sinfín de glorietas y plazas hasta llegar al Museo de Artes y Costumbres, de estilo neomudéjar, al Pabellón Real, neogótico flamígero y al Museo Arqueológico, de estilo plateresco.
Es una ciudad con encanto, como encantadores son sus habitantes. Ves sonrisas en todos los rincones, oyes carcajadas por doquier.
Fue curiosa la única tarde-noche que pudimos salir solas. Nos alojábamos toda la clase en el mismo hotel con sabor a antiguo, con forma de corrala y madera por todas partes. El pasillo era una pasarela con las habitaciones a un lado y la barandilla al otro. Prepararnos fue lo mejor de la velada. Nadie estaba en su habitación, no por mucho tiempo, por lo menos. Decidimos que nos vestiríamos con la ropa de las compañeras y todo era un probar y probar, reir y reir. Un fulard descolgado por aquí, un cinturón lanzado por allá, una pulsera que cambia de mano, un collar que va de cuello en cuello hasta que encuentra el más adapto…lo importante es que cada una de nosotras llevara algo del grupo. Las tablas de madera del suelo que unían las puertas abiertas de las habitaciones hacían tiquetear los tacones que iban en busca de una falda distinta para la camiseta de siempre. Recordar ese sonido mezclado a risas y grititos de júbilo que sólo las adolescentes saben emitir, es muy entrañable. Se me olvidó decir que eramos todas chicas, pues en aquella época en España los colegios religiosos no eran mixtos. Faltaba sólo algún año para que la ley cambiara esta realidad y la adolescencia empezara a adelantarse.
Salimos a la calle preciosas, pero sobre todo felices. En aquel momento lo que más nos importaba era lo guapas que estábamos. Lo que de verdad se nos ha quedado dentro y comentamos cuando surge la ocasión, es la alegría de tener una habitación dividida en muchos trozos, un vestuario único perteneciente a distintas personas, un objetivo común realizado dependiendo de la personalidad de cada una.
Ni que decir tiene que las tapitas de Sevilla nos parecieron fantásticas. De todas formas son casi un rito :
La opinión generalizada acerca del origen de la tapa es que procede de la costumbre de tapar el vaso de vino con un trozo de pan y alguna chacina siendo esta la forma en que se presentaba la vianda. La lista de variedades podría ser infinita, pero las más comunes son las de chacina, taquitos de queso, caña de lomo, jamón ibérico. A éstas se añaden los varios aliños: de melva, de pulpo, de pimientos, de huevas de pescado…hasta llegar a las “papas aliñás”. Siguiendo con la preparación en frío, no pueden faltar las aceitunas, las gambas o la ensaladilla rusa.

Hacía un día de perros, de esos que uno querría estar en casa cerquita del radiador leyendo su libro preferido o jugando al monopoly con sus hijos.
distinguen caprichosas minitorrecitas exagonales originalmente elaboradas y acabadas con un graciosísimo cucurucho negro que recuerda el sombrero de una pequeña bruja. No sé si será ésta la razón, pero este tipo de construcciones la dotan de un encanto de cuento de hadas. Veamos que nos cuentan en el sitio de la
Mi amigo ha desaparecido. Su móvil suena en casa de sus padres. Nuestros amigos lo buscan desde hace horas sin éxito, pero el problema es que ellos no pueden saber dónde está. Mi amigo se ha roto y hay que encontrar los trozos. Mi amigo puede estar sólo en los sitios donde iba con ella. Recorro uno a uno sus relatos, son mi brújula, busco, busco. Queda una sóla meta inexplorada: el lago de Bracciano. Conduzco desde Roma hacia el norte de la provincia, aparco y allí encuentro su figura, negra, rompiendo el horizonte.
de las barcas ancladas a la boya, no ve la montaña azulada, no ve las persianas cerradas de la casa del lago, casi como si le dieran la espalda, apoyando la decisión que ha tomado ella, poniéndose de su parte.
Me enamoré de las estrellas de luz y de los tréboles de cuatro hojas. Silenciosa, continué apretando el botón de la cámara, intentando captar en mi cajita de crear postales y recuerdos lo que sentía.
Dos horas hacen falta para visitar detalladamente la
por la paciencia de los cartujanos que oraban en La Cartuja (La Certosa di Pavia, en italiano), pero nada tiene que envidiar dicha paciencia a la de una madre en viaje. Digo también, porque sería injusto no decirlo, que la misma satisfacción que debían probar los monjes viendo los colores y la tinta de las letras dibujadas con calma en las páginas a veces pequeñísimas de lo que serían libros, siente una madre observando que con el tiempo su casa está habitada de personajillos capaces de compartir y de pensar con la cabeza. No niego que viajar con niños es poco fácil, pero abre la mente de los futuros hombres y mujeres y ayuda enormemente a los que ya lo son a organizarse y preveer posibles poblemas, teniendo la solución metida y ya preparada en una bolsa, como los magos con su sombrero. Simplemente los viajes son diferentes. No consigues leer las explicaciones de los museos porque hay siempre alguien que te tira de la falda (o del pantalón), no puedes seguir el guía si no es de lejos porque tu enanito se ha sentido atraído por algo completamente distinto de lo que están observando los adultos, tu cerebro registra lo que ve pero sólo parcialmente porque una parte de él está pendiente de los movimientos del pequeño ser que está creciendo y en darle la justa visión del mundo allá donde uno se encuentre…
Dos veces al año Siena se viste de fiesta, se introduce en el túnel del tiempo y aparece, incluyendo parte de sus edificios, bodegas, plazas y habitantes, en el Medievo. Se lo toman muy en serio. Cada zona de barrio, llamadas « Contradas », adorna sus ventanas con una especie de bandera de tela gruesa con los propios colores, algunos son amigos, otros enemigos, como las familias de Romeo y Julieta. También los habitantes, los « pisanos » parecen
hombres y mujeres medievales. Por las calles ves caballos, trompetas, telas importantes con colores profundos. Es curioso porque ellos parecen mucho más grandes que tú, como si de verdad estuvieran en otra dimensión. La arquitectura de Siena se presta a hacer de escenario a esta gran tradición por sus calles estrechas, plazas hechas de cierta forma… Por ejemplo, dicen que la plaza donde se celebra el internacionalmente famoso “Palio de Siena” está construida en modo tal que desde cualquier punto se puede observar con claridad parte de la carrera de caballos. Ver la ciudad medieval es muy entretenido para los niños, pero personalmente no aconsejo hacerles entrar en la plaza cuando se va a celebrar el “Palio”, a menos que se decida a priori subírselos encima de los hombros desde el principio hasta el final, con las consecuentes y justas protestas de todas las personas que están detrás. La plaza tiene distintas entradas, pero atención porque todas menos una cierran una hora antes de que empiece la competición. Porque de eso se trata, una competición sin reglas entre los caballos y los jinetes de las distintas contradas para alcanzar un “simple” trozo de tela. La cuestión no es sólo intentar ganar. Es fundamental que no gane la contrada enemiga. Para ésto se hacen alianzas, las contradas amigas hacen acuerdos previos. Hay contradas que jamás se alían. Antes muertas. A veces el caballo cae antes de llegar, otras es el caballo que llega sólo a la meta y él, protagonista absoluto representante de la contrada, gana el palio igual, también sin
jinete. La plaza está llena de gente de proveniencia diferente que observa curiosa, pero sobre todo, de los habitantes de Siena, que viven este acontecimiento como algo muy suyo, con una pasión secular que se apodera de sus venas y se respira en el aire. No se puede judgar, sólo sentirse afortunado por poder percibir algo tan antiguo de forma tan viva.
En el autobús todos fuimos durmiendo (menos el conductor), y llegamos a Tozeur a las 7:00. Allí nos montamos en las calesas para ir a dar una vuelta por el magnífico oasis, mientras amanecía entre las palmeras y frutales. Cuando estábamos hacia la mitad del paseo, nos pararon y nos explicaron cómo funcionaba el oasis. También pudimos ver una demostración de cómo se recolectan los dátiles, dándole al chaval una propina por su graciosa exhibición, estuvo muy bien.Tras esta demostración podías comprar dátiles en caja, que no estaban muy baratos, ya que luego, si los quieres comprar sueltos, te salen a 3 TND/kg. Nosotros los compramos en la medina de Túnez a ese precio antes de venir, pero también allí en las tiendas de fuera del oasis los tienes a ese precio. Luego nos dejaron un rato paseando por el oasis y haciendo fotos hasta llegar otra vez donde se hallaban nuestros cocheros esperando. Nos habían recolectado unos ramilletes de jazmín real que nos costaron 1 TND. La vuelta, ya más despiertos, nos lo pasamos muy bien con el conductor, haciendo carreritas y gritando eso de: ¡venga Alonso!!.

