¿Qué viajero no ha soñado alguna vez con visitar la milenaria China? A pesar de la globalización, aún no se ha podido extinguir la fascinación que despierta China en los occidentales, aunque nuestras casas y tiendas estén plagadas de la etiqueta “made in China”, cocinemos en wok, comamos con palillos chinos o gocemos de las artes marciales y las técnicas de la Medicina Tradicional China como la acupuntura y el shiatsu.
He conocido a uno de esos viajeros a quienes China les ha robado el corazón, aún antes de conocerla. Su primera visita a Pekín fue en épocas cuando la sociedad china no había optado por la apertura comercial y cultural hacia occidente y el turismo estaba mayormente controlado por el Estado. Siempre volvió a Pekín, la recorrió de mil maneras y bajo diversas circunstancias, pero ha querido relatarme la que según él fue la experiencia más gratificante que vivió en la capital china: recorrerla íntegramente en bicicleta.
El imaginario popular posee una imagen del tránsito vehicular de Pekín como extremamente caótico, tal fue mi primera objeción acerca de la bicicleta como medio de transporte ideal para visitar la ciudad. El viajero me respondió con una sonrisa cómplice que justamente lo más atractivo de la ciudad es inundarse en su caos para luego alcanzar la paz de sus palacios y los jardines. Recorrer Pekín en bicicleta permite vivenciar intensamente tanto su ajetreado presente como su sosegado pasado. En minutos podrá observar cómo la ciudad cambia de ánimo del bullicio y la adrenalina de las calles al silencio milenario de sus templos, parques, lagos y jardines.
, convirtiendo la excursión en una experiencia completa en donde se combinan naturaleza y cultura, pasado y presente. En el pasado, Pekín era llamada “mar de bicicletas.” Con la llegada del capitalismo, el creciente aumento de la industria automotriz puso en peligro el uso de la bicicleta, no sólo como el único medio de transporte a los que algunas capas de la sociedad podían acceder, sino también como hecho cultural.

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En el autobús todos fuimos durmiendo (menos el conductor), y llegamos a Tozeur a las 7:00. Allí nos montamos en las calesas para ir a dar una vuelta por el magnífico oasis, mientras amanecía entre las palmeras y frutales. Cuando estábamos hacia la mitad del paseo, nos pararon y nos explicaron cómo funcionaba el oasis. También pudimos ver una demostración de cómo se recolectan los dátiles, dándole al chaval una propina por su graciosa exhibición, estuvo muy bien.Tras esta demostración podías comprar dátiles en caja, que no estaban muy baratos, ya que luego, si los quieres comprar sueltos, te salen a 3 TND/kg. Nosotros los compramos en la medina de Túnez a ese precio antes de venir, pero también allí en las tiendas de fuera del oasis los tienes a ese precio. Luego nos dejaron un rato paseando por el oasis y haciendo fotos hasta llegar otra vez donde se hallaban nuestros cocheros esperando. Nos habían recolectado unos ramilletes de jazmín real que nos costaron 1 TND. La vuelta, ya más despiertos, nos lo pasamos muy bien con el conductor, haciendo carreritas y gritando eso de: ¡venga Alonso!!.
Recorrer la India descalzo es algo admirable. Esa quemazón que sientes en tu piel no es comparable con la que estás sintiendo en tu interior. La India llega, se va adentrando poco a poco en ti y te roba el corazón como si de una geisha se tratara. Pero no lo hace sola. Tiene a sus vasallos, sus gentes, quienes hacen que la India sea como un rayo de sol que te roza y acaricia las manos. La india no duele ni está marchita. Ella no llora ni siente amargura. Solo goza y disfruta y estalla en miles de pájaros volando. Las gentes de la India son imanes para tu corazón. No se despegan nunca si tú no quieres que eso suceda y puede que incluso deseándolo, las imágenes de los hindúes se te graben en la retina aplastándose las pupilas y sintiendo como te recorren los sentimientos que creías no poseer. La India no es grande ni pequeña, no es inmensa ni minúscula, la India es ese mundo que se cierra en la muerte de cada uno y que se abre cuando uno cree haber muerto.




