Una ciudad es un mundo que no cabe una imagen. Aún observada desde lo alto, es algo más que el lugar que ocupa, su forma o el más preciso de los mapas que intenta definirla. Cuando conocemos una ciudad por primera vez, al principio es sólo una colección de imágenes y sensaciones dispersas. Al final del día, cada visitante habrá hecho su propia imagen mental de la ciudad.
Por años había elaborado mi imagen mental de Vicenza a la distancia, a fuerza de fotos, mapas, fantasía y libros. Vicenza, ubicada en el noroeste de Italia, es “la ciudad de Palladio”, el glorioso arquitecto padovano. Aquel cuyo amor por la cultura clásica lo llevó a hacer florecer en la región del Véneto un ramillete de obras arquitectónicas inspiradas en la pureza de formas de la Grecia y Roma antiguas. Por eso la UNESCO le ha otorgado a Vicenza el título de Patrimonio Mundial de la Humanidad.
Bastaron dos minutos de recorrida por la ciudad para que mi imagen primera se esfumara por completo. Coronando la Piazza dei Signori, la Basílica Palladiana responde por sí misma a quien se pregunte porqué Andrea Palladio es uno de los más grandes arquitectos de todos los tiempos. Invade a la imponente construcción de la Basílica un aire de trascendencia y espiritualidad, aunque no se trate de un edificio religioso. Su ritmo orgánico de columnas, luces y sombras estremece el espíritu por su pureza. Otras maravillas palladianas dispersas por la ciudad son la eterna Loggia del Capitaniato, el Pallazo Chiericati, con su fachada de columnas coronada por una línea de estatuas alegóricas y los elegantes Palazzo Valmanara, Palazzo Barbarazo y el muy noble Palazzo Porto-Breganze. Continué caminando embelesada por la ciudad con la mirada siempre en alto, me acompañaban dos amigas romanas. Llegado el momento, me anunciaron que habíamos llegado a la Piazza Matteotti y que era el momento de conocer el Teatro Olímpico, obra cumbre del Palladio.


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En el autobús todos fuimos durmiendo (menos el conductor), y llegamos a Tozeur a las 7:00. Allí nos montamos en las calesas para ir a dar una vuelta por el magnífico oasis, mientras amanecía entre las palmeras y frutales. Cuando estábamos hacia la mitad del paseo, nos pararon y nos explicaron cómo funcionaba el oasis. También pudimos ver una demostración de cómo se recolectan los dátiles, dándole al chaval una propina por su graciosa exhibición, estuvo muy bien.Tras esta demostración podías comprar dátiles en caja, que no estaban muy baratos, ya que luego, si los quieres comprar sueltos, te salen a 3 TND/kg. Nosotros los compramos en la medina de Túnez a ese precio antes de venir, pero también allí en las tiendas de fuera del oasis los tienes a ese precio. Luego nos dejaron un rato paseando por el oasis y haciendo fotos hasta llegar otra vez donde se hallaban nuestros cocheros esperando. Nos habían recolectado unos ramilletes de jazmín real que nos costaron 1 TND. La vuelta, ya más despiertos, nos lo pasamos muy bien con el conductor, haciendo carreritas y gritando eso de: ¡venga Alonso!!.
Recorrer la India descalzo es algo admirable. Esa quemazón que sientes en tu piel no es comparable con la que estás sintiendo en tu interior. La India llega, se va adentrando poco a poco en ti y te roba el corazón como si de una geisha se tratara. Pero no lo hace sola. Tiene a sus vasallos, sus gentes, quienes hacen que la India sea como un rayo de sol que te roza y acaricia las manos. La india no duele ni está marchita. Ella no llora ni siente amargura. Solo goza y disfruta y estalla en miles de pájaros volando. Las gentes de la India son imanes para tu corazón. No se despegan nunca si tú no quieres que eso suceda y puede que incluso deseándolo, las imágenes de los hindúes se te graben en la retina aplastándose las pupilas y sintiendo como te recorren los sentimientos que creías no poseer. La India no es grande ni pequeña, no es inmensa ni minúscula, la India es ese mundo que se cierra en la muerte de cada uno y que se abre cuando uno cree haber muerto.




