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General

Las Ryokan: el arte de la hospitalidad japonesa

Por Romina, en 3 de Junio de 2008

Ryokan Garden por Rjseymour

Aunque no sepa hablar japonés, podrán entenderse. Su anfitriona de la ryokan lo guiará con el silencioso pero expresivo lenguaje corporal y unos ojos que sonríen.

Alojarse en una ryokan, posadas tradicionales que conservan los antiguos rituales de la hospitalidad japonesa, es una invitación para vivir con todos los sentidos la cultura del Japón. Luego de su estancia en la ryokan quizás llegue a la conclusión que dicha cultura está basada en la belleza, ya sea de las formas, los colores y las texturas, como la de los ademanes, el silencio y el uso del tiempo.

En la actualidad existen en Japón más de 90.000 ryokan, pero son especialmente interesantes para los visitantes ávidos de experiencias intensas las que aún han conservado su arquitectura tradicional. Se trata de las ancestrales posadas revestidas en madera pulida, con ventanas y puertas de papel de arroz y pisos de tatami.

Las más lujosas ryokan cuentan con jardines internos donde se celebra a diario la ancestral tradición del cuidado de las plantas y la contemplación de la naturaleza. Desde los ventanales de su habitación, el huésped podrá encontrarse con tres tipos de jardines: una disposición de elementos tales como estanques, piedras y pequeñas colinas que buscan imitar a la naturaleza, un espacio minimalista constituido sólo por arena rastrillada y piedras (inspirado en los principios del budismo Zen) o los típicos jardines de las casas de té, sobrios e inundados de sencillez y tranquilidad.

La contemplación de la naturaleza no es considerada una actividad ociosa, sino una de las formas que puede adoptar la meditación budista para alcanzar el satori, un estado similar al éxtasis occidental, en donde el hombre se libera de sus sufrimientos al comprender la total conexión que existe entre todas las cosas.

Al final del jardín de entrada, ella lo estará esperando, su nakai-san, la doncella del ryokan o como gusta llamarlas un viajero amigo enamorado de la cultura nipona “las señoras de los ojos que sonríen”. De estricto cumplimiento para todos los huéspedes es quitarse los zapatos antes de ingresar. En la cultura japonesa la suela de los zapatos es algo que produce rechazo, por lo que entrar en una vivienda con los zapatos puestos es considerado una ofensa para el anfitrión. La nakai-san le entregará unos cómodos zapatos tradicionales y lo guiará hasta su habitación elegida.

Al igual que los hoteles occidentales, las ryokan cuentan con diversas categorías de habitaciones. Las más sencillas poseen una pequeña mesa baja y un futon que es desenrollado a la hora de dormir. Para vivir una experiencia de lujo, existen habitaciones con jardines y baños de aguas termales al aire libre de acceso privado.

Ya instalado en su habitación, aparecerá en escena nuevamente la nakai-san con un humeante té en sus manos. Perfecta introducción para comenzar a disfrutar de una estancia donde cada uno de los momento son vividos como ceremonias. El té verde es quizás la más conocida de las infusiones japonesas fuera del país. Entre las principales variedades se encuentran el bancha, el Sencha y el Gyokuro.

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Europa, General, Viajes

El eterno romance de Lisboa y el Tajo

Por Romina, en 1 de Junio de 2008

“Espreitando o Tejo II” por Filodiniz

Lisboa y el Tajo, eternos amantes de cuyo romance quizás haya nacido el espíritu lisboeta: melancólico, contemplativo y soñador. La ciudad y su río mantienen desde hace siglos un diálogo cotidiano de reflejos y miradas. Son los ojos de la ciudad quienes buscan sosiego en la calma de sus aguas, como confiesa magistralmente el escritor lusitano Fernando Pessoa: “Oh suave Tajo, ancestral y mudo, pequeña verdad donde el cielo se refleja!”. Y es el río que responde trayendo noticias de otras latitudes porque, en palabras del autor, “Por el Tajo se va al mundo”.

Una ciudad portuaria es casi un escenario cotidiano de tristezas y alegrías, de despedidas y reencuentros, de cosas que se pierden y recuperan, ya cambiadas por el tiempo. Por ello Lisboa comparte con otras ciudades portuarias del planeta como Bahía, Buenos Aires, Cabo Verde o Génova el culto por la nostalgia. No es casual que el tango argentino, el choro brasileño y el fado portugués posean una similar tonalidad melancólica.

Pero las ciudades portuarias también generan en sus habitantes fantasías sobre las otras orillas, ansias de libertad y aventura. Durante la Era de los Descubrimientos de la historia de Portugal, llegaban al Puerto de Lisboa imágenes y relatos de otros mundos, relatos, perfumes y sabores exóticos. Y desde Lisboa partían hacia el mundo las noticias y anhelos de la Europa entera. En esta alquimia de mundo se fue formando el carácter y la personalidad inconfundibles de la capital de Portugal.

La Alfama es uno de los barrios más antiguos de Lisboa. Allí subsisten los restos del Castelo de São Jorge, bastión de la ciudad en épocas de la Reconquista, así como también el trazado laberíntico de las calles alrededor del castillo, de estirpe árabe. Por ello el barrio de Santa Cruz, en la Alfama, resulta particularmente atractivo para comenzar a desentrañar la personalidad de Lisboa.

Entre los becos (callejones de trazado irregular, algunos bastante empinados) irán apareciendo los personajes emblemáticos del barrio: los joviales puesteros de la Feira da Ladra (mercado de los ladrones), los músicos de Cabo Verde o las varinas, ancestrales vendedoras de pescado.

La visita al barrio de la Alfama debe completarse con uno de los pasatiempos preferidos de los lisboetas: contemplar por horas el Tajo. El lugar ideal son los miradouros, las ventanas de Lisboa hacia el mar. Se puede escoger entre el Miradouro de Santa Luzia, por su espectacular vista panorámica de los techos de la ciudad perdiéndose en el río o el Miradouro da Graça, el elegido por los más románticos.

Otro de los barrios que contemplan al Tajo desde las alturas es el Bairro Alto. Para llegar, nada mejor que tomar el Elevador da Glória o el Elevador de Santa Justa, verdadera obra de arte por sus delicadas filigranas neogóticas. El buen vino, la nostálgica atmósfera de los cafés y la magia del fado son alguno de los placeres que depara la visita al Bairro Alto.

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Asia, Europa, General, Oriente Próximo, Relatos, Rutas

El sueño de Andrea Palladio en Vicenza

Por Romina, en 29 de Mayo de 2008

Una ciudad es un mundo que no cabe una imagen. Aún observada desde lo alto, es algo más que el lugar que ocupa, su forma o el más preciso de los mapas que intenta definirla. Cuando conocemos una ciudad por primera vez, al principio es sólo una colección de imágenes y sensaciones dispersas. Al final del día, cada visitante habrá hecho su propia imagen mental de la ciudad.

Por años había elaborado mi imagen mental de Vicenza a la distancia, a fuerza de fotos, mapas, fantasía y libros. Vicenza, ubicada en el noroeste de Italia, es “la ciudad de Palladio, el glorioso arquitecto padovano. Aquel cuyo amor por la cultura clásica lo llevó a hacer florecer en la región del Véneto un ramillete de obras arquitectónicas inspiradas en la pureza de formas de la Grecia y Roma antiguas. Por eso la UNESCO le ha otorgado a Vicenza el título de Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Bastaron dos minutos de recorrida por la ciudad para que mi imagen primera se esfumara por completo. Coronando la Piazza dei Signori, la Basílica Palladiana responde por sí misma a quien se pregunte porqué Andrea Palladio es uno de los más grandes arquitectos de todos los tiempos. Invade a la imponente construcción de la Basílica un aire de trascendencia y espiritualidad, aunque no se trate de un edificio religioso. Su ritmo orgánico de columnas, luces y sombras estremece el espíritu por su pureza. Otras maravillas palladianas dispersas por la ciudad son la eterna Loggia del Capitaniato, el Pallazo Chiericati, con su fachada de columnas coronada por una línea de estatuas alegóricas y los elegantes Palazzo Valmanara, Palazzo Barbarazo y el muy noble Palazzo Porto-Breganze. Continué caminando embelesada por la ciudad con la mirada siempre en alto, me acompañaban dos amigas romanas. Llegado el momento, me anunciaron que habíamos llegado a la Piazza Matteotti y que era el momento de conocer el Teatro Olímpico, obra cumbre del Palladio.

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Europa, General, Islas, Relatos

Escenas de vida marítima en Chioggia

Por Romina, en 26 de Mayo de 2008

Chioggia por Muramasa

Entre un bosque de mástiles (…) Chioggia fondea en la laguna, ensangrentada de crepúsculo y de velas latinas”, así comienza Oliverio Girondo su tributo poético a Chioggia. Son versos que relatan magistralmente la experiencia de presenciar un atardecer en Chioggia, cuando caen el día y todos los bordes de la ciudad en las aguas de la Laguna Véneta.

Es una instantánea que muestra una ciudad silenciosa y recogida en sí misma. Esto es cierto, pero sólo en el instante del crepúsculo, bisagra del día, cuando el sol enceguece los ojos y los llena de reflejos de colores. Antes y después Chioggia habla en voz alta, de barco a barco, de los balcones a la calle, del bar de una orilla al de la orilla opuesta. ¿De qué habla? De lo que el mar ha depositado en las redes, de las noticias provenientes de tierra firme, de los precios de los peces y moluscos, de la pasarela de mujeres que camina a lo largo del canal, de los pescadores abusivos, de los secretos del “risoto a la ciosota”, de la próxima Sagra del Pesce” y también habla de sí misma, orgullosa y ocurrente.

Por eso el poeta evoca a los “¡Marineros con cutis de pasa de higo y como garfios los dedos de los pies! Marineros que remiendan las velas en los umbrales y se ciñen con ella la cintura, como con una falda suntuosa y con olor a mar”. Es el mar la esencia de Chioggia, un mar que envuelve la ciudad, moldea el carácter, llena los estómagos, un mar que es el pasado, el trabajo, el porvenir, lo cotidiano, la tradición, la razón de ser de Chioggia.

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Sudamérica

Bolivia, realismo mágico

Por Romina, en 21 de Mayo de 2008

Desde lo alto, La Paz es un mosaico interminable de techos silenciosos que trepan por la Cordillera de los Andes. Cuando llega el alba, un inmenso sol va encendiendo las callejuelas, plazas y mercados para que estalle en mil colores la capital de Bolivia.

Rodeada por montañas de ensordecedor silencio, según penetramos en su laberíntica geografía que pende de los 3600 metros, la ciudad devela su carácter inconfundible y sorprende a los visitantes con escenas que pertenecen no a otro tiempo, sino a otra dimensión.

Y es que adentrarse en el territorio de Bolivia tal vez se compare a leer un delicioso relato de realismo mágico. Los límites entre lo natural y lo sobrenatural se desdibujan en esta porción de tierra donde convive la soledad de 6500 metros del Nevado Sajama y el magnífico ecosistema del Lago Titikaka, el mar blanco del Salar de Uyuni y la exuberante selva de las Yungas, pacíficas llamas y desafiantes guacamayos, coloridos ritos paganos y ferviente devoción cristiana.

El sincretismo cultural, alquimia entre la cultura indígena y la hispana, es otro de los ingredientes fundamentales para que surjan día a día creencias fantásticas, particularísimas maneras de concebir el mundo y nuevas manifestaciones de la profundidad y misticismo de la cultura boliviana.

Conocido mundialmente es el Mercado de las Brujas, donde ancianas hechiceras venden lanas de colores que “amarran” el amor, fetos de llamas usados para la preparación de pócimas mágicas y amuletos para conservar la belleza. Pero para quienes lo consideran un “artificio turístico”, basta acercarse a cualquier mercado de hierbas de la ciudad y escuchar las recetas que los vendedores dan a sus adoloridos clientes para comprobar que la medicina tradicional goza de muy buena salud.

Otra pintura surrealista es la localidad de Coroico, ubicada a sólo 90 km. de La Paz. El preludio para llegar a este idílico pueblo salpicado por todos los verdes de la selva de las Yungas es la llamada Carretera de la Muerte, minúsculo camino que se anima a los caprichos de la selva paralizando el corazón de los más valientes. Allí, en un recodo del camino, un hombre perdido en la nada y casi devorado por la majestuosidad del paisaje actúa como semáforo humano para evitar que aumente el número de cruces esparcidas por la ruta. Al llegar a Coroico es inevitable emocionarse por los aromas de la selva, la música constante del agua y la sonrisa de los pobladores, entre los que se halla una comunidad de afro-bolivianos de sugestiva tradición.

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