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Abril 06, 2009

Los ojos perdidos en Valencia

Publicado en:Destacados, Europa, Relatos

Correspondencia enviada desde Valencia, hubo siempre en la casa de mi abuelo, pero él era tan parco, tan callado, que ni mi madre ni mis tíos supieron demasiado de su pasado valenciano o  de sus aventuras en diferentes hoteles del mundo.

Torres de Serranos en Valencia

Torres de Serranos en Valencia

La que sabía era mi abuela, pero prefería callar para no aumentar la cuota de nostalgia que mi abuelo cargó de por vida en su mirada.

Murió callado, sin hablar de su pena, sin contarnos acerca de sus ojos tristes, y esa sensación me llevó a mí, su nieta, a querer saber de su historia.


Uno de esos días me presenté a tomar el té, en casa de mi abuela, y le pedí que me prestara la caja con las cosas de mi abuelo. Al principio se negó, me hizo un gran cuestionario y me invitó a mirar para adelante. Pero luego me la dio.

La Estación del Norte Valenciana

La Estación del Norte Valenciana

Lloré a mares las conversaciones, a la distancia, de dos hermanos separados por un océano que no sabían nadar. Mi abuelo no era parco, era un cálido hombre que llamaba “hermanito” a su hermano menor, y que le decía “te quiero y te extraño”, reiteradas veces.

En esas cartas estaba mi nombre, el de mi hermana, el de mi madre y el de todos. Eran dos hermanos que se contaban sus vidas, por medio de un papel, y nosotros poco sabíamos de eso.

Una dirección, que figuraba en el membrete postal, me llevó a sacar un pasaje y, sin demasiadas explicaciones, partí hacia Valencia.

Llevaba esa caja, algunas fotos, un frasco con la tierra del jardín de mi abuelo – que pensaba intercambiar con la tierra de Valencia- , y varios datos gastronómicos, algunas cosas que mi abuelo hubiese deseado volver a probar: arroz negro, peladillas y un trago de horchata.

El río Turia fue el primer elemento en darme el primer escalofrío de los tantos que sentí en aquella ciudad de clima mediterráneo, suave y húmedo.

No quería perder demasiado tiempo, entonces pregunté por el barrio El Calvario, sitio que figuraba en la correspondencia. Podía tomarme el ferrocarril, un autobús o el metro, pero estaba tan apurada que decidí tomarme un taxi.

La ansiedad me llevó a correr por esa tierra, como si mi llegada fuera tardía; no sé porque lo sentía así, pero era así.

Me aposté en el cementerio a buscar tumbas con el apellido de mi abuelo y encontré muchas. Le pregunté a un hombre y me señaló una casa y allí me presenté.

La caja de mi abuelo era mi carta de presentación, una carta que funcionó a la perfección. Una mujer abrió la puerta y, ante mi explicación, respondió: “te estábamos esperando”.

Adentro de ese cálido hogar, de mi tía postiza, la prima de mi madre, la sobrina de mi abuelo, pude encontrar las cartas que completaban la comunicación y ser feliz.


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