Cada verano, tumbados en la piscina, decíamos: tenemos que ir a Toledo. Los días pasaban, los años también y no nos movíamos. El momento llegó y allí que nos fuimos, sin mirar en Internet (¿existía Internet?) ninguna información que nos abriera las puertas antes de llegar. Es curioso que me acuerde de Toledo justo en el periodo de Semana Santa, pero probablemente es porque, como una vez leí en algún sitio , Toledo recuerda Jerusalén por su conformación, que acompaña gradualmente la colina hasta los cien metros de altura y por la arquitectura de sus callejuelas. Participar a las procesiones en este enclave particular debe dar un atmosfera de recogimiento especial que ayuda a la oración.
La Toledo española (existen otras en Estados Unidos, en los estados de Ohio, Illinois, Oregón, Iowa y Washington y en Belice, Brasil, Portugal, Colombia, Filipinas y Uruguay) está a sólo 71 km de Madrid, a la derecha del río Tajo. Su nombre: en latín Toletum, en árabe Tulaytulah, en judeoespañol Toldoth (pueblos, en hebreo), en mozárabe Tolétho. Es conocida como la ciudad de las tres culturas, porque durante siglos ha estado poblada por cristianos, judíos y árabes.
Una primera visita virtual se puede hacer en inglés. Representa bastante bien el tipo de visita que hicimos nosotros, basada fundamentalmente sobre la estructura de la ciudad en sí y los pasos del Greco en ella. Para quien no lo entienda, el texto del video es el siguiente: Este es un cuadro del Greco de la ciudad de Toledo durante el inicio del siglo XVII. La Virgen María y los ángeles descienden del cielo. Bajo ellos se extiende la ciudad, pintada con todo detalle.


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Me enamoré de las estrellas de luz y de los tréboles de cuatro hojas. Silenciosa, continué apretando el botón de la cámara, intentando captar en mi cajita de crear postales y recuerdos lo que sentía.
Dos horas hacen falta para visitar detalladamente la 


por la paciencia de los cartujanos que oraban en La Cartuja (La Certosa di Pavia, en italiano), pero nada tiene que envidiar dicha paciencia a la de una madre en viaje. Digo también, porque sería injusto no decirlo, que la misma satisfacción que debían probar los monjes viendo los colores y la tinta de las letras dibujadas con calma en las páginas a veces pequeñísimas de lo que serían libros, siente una madre observando que con el tiempo su casa está habitada de personajillos capaces de compartir y de pensar con la cabeza. No niego que viajar con niños es poco fácil, pero abre la mente de los futuros hombres y mujeres y ayuda enormemente a los que ya lo son a organizarse y preveer posibles poblemas, teniendo la solución metida y ya preparada en una bolsa, como los magos con su sombrero. Simplemente los viajes son diferentes. No consigues leer las explicaciones de los museos porque hay siempre alguien que te tira de la falda (o del pantalón), no puedes seguir el guía si no es de lejos porque tu enanito se ha sentido atraído por algo completamente distinto de lo que están observando los adultos, tu cerebro registra lo que ve pero sólo parcialmente porque una parte de él está pendiente de los movimientos del pequeño ser que está creciendo y en darle la justa visión del mundo allá donde uno se encuentre…

Tenía un amigo que era de esta ciudad y me invito a pasar unos días, coincidiendo con las fiestas patronales. El trabajaba en otra localidad, Tarapoto, que estaba a unas 7 horas en coche .Tarapoto es una ciudad frontera de la selva peruana. El clima es tropical y hay mucha humedad. Salí de Lima en avión hacia Tarapoto, allí me esperaba mi amigo. Nos quedamos esa tarde para salir temprano el día siguiente. No me imaginaba lo que iba a ser el viaje. Nos montamos en su todo terreno. También viajaban con nosotros unos parientes suyos que iban a las fiestas. A mi me reservaron el asiento del copiloto. Menos mal, por que sino atrás me muero seguro. La carretera solo estaba asfaltada los primeros kilómetros, luego se convirtió en una carretera de tierra. Y eso que se suponía que era de carácter nacional. Lo que tenía esa pista no eran baches, eran trincheras de la primera guerra mundial. A el coche no le debía tener mucho cariño, porque pensé que una de esas se rompía fijo. Nos encontramos varios derrumbes por el camino. Como a veces eran demasiado voluminosos, la carretera se iba adaptando a las circunstancias y cada rato aparecía un desvío o una curva, que unos días antes no estaba. La mayoría del tiempo la carretera discurría serpenteando el curso de un río que no se cual era. Los precipicios a veces eran considerables. Pero lo que es tener veinte años, que uno no tiene miedo a nada. Ahora no iría ni de coña ¡




