La contaminación estaba absorbiendo mis capacidades creativas, y se me hacía cuesta arriba la hora del trabajo.

Las playas de la Isla de Samet
Jamás había tenido algún tipo de fobia, pero ahora no podía tolerar la contaminación. El problema era que no existían, en mi entorno y en mi país, espacios libres de contaminación, y el problema era también que a mi me molestaba la contaminación en todas sus formas.
Hablo de contaminación y me refiero a elementos extraños, no naturales, circulando por atmósferas equivocadas. Me refiero a la exageración en su forma más amplificada.
Me molestaba, enormemente, el ruido del tránsito, el chusmerío al que se acoplaban todas las voces femeninas de la oficina, los espacios que no estaban libre de humo, la basura cubriendo todo el territorio de la ciudad, la sirena de los bomberos -que no paraba de sonar-, el olor de la fábrica que no dejaba de emanar sustancias, el agua de color marrón y las caras que no tenía ganas de ver.

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